Freedom
Con treinta y pico fue cuando volvió a nacer. No sufrió un accidente, tampoco ninguna enfermedad… al menos no una que se pudiera catalogar como tal hasta el momento.
La verdad era que sí enfermó. Llevaba toda su vida enferma… enferma del corazón, prisionera de la razón.
La estudiante perfecta, la hija que todos querrían tener, la amiga confidente, el alma de las fiestas, la profesional de valor añadido.
De puertas para fuera todo parecía perfecto. Éxito en lo laboral y en lo personal. Éxito que estaba a punto de culminar, se iba a casar con su novio de toda la vida.
Iba a conseguir la estabilidad total, “Tienes la vida resuelta, hija” – le decían por la calle – “ un buen puesto, un buen dinerito y ahora tu propia familia. Ya sólo quedan los niños! Pero hija, aún eres joven… Si es que ya se veía venir, siempre tan formalita…”.
Ese fue el punto de inflexión. Ya hacía años que lo pensaba. Siempre siguiendo las normas, siempre intentando hacer lo correcto, sin dañar, sin preocupar, sin vivir…
Ahora se daba cuenta… Ahora que estaba a punto de conseguir esa ansiada estabilidad que el ser humano busca, ahora que iba a ser una mujer modélica, con hijos y marido modélicos; ahora que estaba rozando con la yema de los dedos la perfección… ahora era cuando abría los ojos, ahora era cuando añoraba volver a vivir.
Pensó en todo lo que se dejó, en aquellas ocasiones que dejó escapar, en las oportunidades que le había brindado la vida y ella dejó de aprovechar. Besos sin disfrutar, risas y carcajadas sin regalar, momentos sin exprimir, días perdidos y recuerdos frustrados.
Ahora, con treinta y tantos, descubrió que había estado muerta. Ahora en la treintena se daba cuenta de que tenía toda una vida por delante.
Descubrió que tenía pendiente saber lo que es el amor y no lo que es querer, sabía que tenía que experimentar cosquillas en el estómago, mandíbulas dislocadas cuando se comparten las risas, miradas de complicidad, secretos de alcoba…
En el pasado vivió y actuó siempre pensando en el futuro, y preveía que el futuro lo viviría pensando y llorando por el pasado que pudo ser y no fue.
Por qué no había hecho caso a su corazón? Por qué ahora sentía esa necesidad imperiosa de vivir el presente!?
“Nunca es tarde”, se dijo. Y entonces se armó de valor y abrió sus ojos al nuevo mundo, un mundo lleno de sorpresas y alegrías; también le esperarían la pena y el dolor, pero quería vivirlo, quería vivirlo todo…


