- Me quieres?
- Sííí… - contestaba distraida sin alzar la vista del libro que se traía entre manos.
- ¿Seguro!?
- Que sí, “pesao”!
- Pero… ¿cuánto?
- Mucho…
- ¿Cómo de mucho?
A medida que él acortaba la distancia, ella perdía la paciencia.
- Muchísimo.
- ¿Y eso cuánto es?
Sin decir una sola palabra y siendo consciente de que tenía la batalla perdida, se levantó y salió de la habitación.
- ¿Dónde vas? - le preguntó él.
- A la cocina, voy a la cocina! - contestó.
En el fondo, aunque le costara reconocerlo, le divertía la situación. Disfrutaba haciéndose la dura, esquivando las respuestas, obteniendo nuevas preguntas sobre el mismo tema una y otra vez… No sabía cómo, pero conseguía arrancarle siempre una sonrisa.
Tras unos minutos volvió con algo entre sus manos.
- ¿Qué es eso?
- Fresas ¿quieres?
-Sí!! - dijo incorporándose rápidamente y con avidez en su mirada.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre el cuenco y dio un gran mordisco a la fresa más grande y más radiante que encontró.
De pronto, mudó el gesto. Escupía, tosía… “¿Pero qué es esto?” - preguntó. - “Están malísimas!”
- ¿Ah, sí? ¿Están malas?
- Malísimas! Están demasiado ácidas!
Con una pícara sonrisa en los labios, la mujer sacó algo que manteía oculto en los bolsillos de su delantal. Con gracia, espolvoreó la fruta con una cascada de azúcar.

- Prueba ahora - ordenó.
- Esto es otra cosa…
- ¿Verdad?
- Sin duda.
Se acercó despacio mientras su queridísimo acompañante, su cómplice, devoraba aquel manjar. Se acurrucó a su lado y le dijo:
- Por cierto… ¿no me preguntabas antes cuánto te quería?
- Sí, claro - contestó con la boca llena.
- Pues bien, más que cuánto te diré cómo y por qué…
En ese momento consiguió captar su atención. Siempre había tenido esa habilidad. No sabía cómo lo hacía pero conseguía dotar cualquier conversación con un aura de misterio.
- Veamos… ¿cómo es entonces? ¿por qué me quieres? - contestó divertido.
Acercándose un poco más y susurrándole al oído le dijo:
- Te quiero como las fresas al azúcar. Porque aplacas mi amargura, alegras el color de mis días y consigues que, compartiendo tu vida conmigo, los demás me sientan más apetecible.
Y dicho esto, le besó en los labios, compartiendo ese dulce sabor… no se sabe si del azúcar de las fresas o de las palabras que todavía resonaban en su interior…