A sus ventipocos años atraía las miradas de aquellos con los que se cruzaba. Tenía una belleza peculiar. Su pálida piel y sus ojos esmeralda que asomaban entre retorcidos mechones de azabache, le daban un aire misterioso y delicado que no pasaba desapercibido.
Pero por encima de toda esa hermosura, más allá de aquello que con el tiempo vuela, la tristeza que escapaba de sus labios, y su mirada era lo que ejercía de imán para los curiosos desconocidos.
Cansada, arrastraba sus pasos de vuelta a casa tras una larga y dura jornada de trabajo. Mientras esquivaba a la gente, se mantenía alejada dejándose mecer por sus pensamientos.
Una y otra vez escuchaba en su interior aquello que tantas veces le habían repetido…
“Eres una chica de provecho”, “Te espera un futuro prometedor”, “Llegarás a ser alguien importante dentro de unos años”, “Tú puedes con eso y con mucho más”, “Me habría gustado ser como tú cuando tenía tu edad”… Y así un sin fin de palabras, comentarios y opiniones que amigos, conocidos y compañeros le repetían día tras día, algunos con miradas de admiración, otros con tonos de ensoñación y unos pocos con cierto toque de envidia.
Ella sonreía cada vez que escuchaba algo similar, al fin y al cabo no eran mas que piropos y reconocimientos ante su trabajo y el esfuerzo realizado.
Pero ellos no conocían la triste realidad…
De pronto hubo algo que le hizo volver al presente. Un pequeño gato se cruzó en su camino y comenzó a frotar el lomo en las piernas para conseguir atraer su atención.
- Mira lo que tenemos aquí! - exclamó - Mmm… no pareces callejero gatito… ¿de dónde te has escapado?
Cuando intentó agacharse para cogerlo entre sus brazos, el atigrado gato dio un pequeño salto hacia atrás y comenzó a caminar calle arriba.
La joven no pudo evitar seguirle, estaba segura de que no se trataba de un gato abandonado, y al pensar en su dueño, en lo que podría sentir cuando descubriera su ausencia, no pudo evitar seguir sus pasos para intentar atraparlo y así poder devolverlo.
El gato miraba tras de sí como si quisiera comprobar que conseguía su objetivo y que le seguía de cerca.
Le llevó hasta el parque que había frente a su casa.
- Vaya, dos años viviendo aquí y esta es la primera vez que piso el parque - pensó la joven sin frenar sus pasos.
Tres giros a la derecha, dos olmos quedaron atrás, cuatro fuentes a la izquierda, mil risas de niños repartidas en el aire…
Y de pronto paró en seco. El gato aventurero parecía haber llegado a su destino, y no estaba perdido. Lo encontró en el regazo de una vieja que daba de comer a los pájaros.
Cuando se dispuso a dar media vuelta avergonzada por su persecución, escuchó que alguien la llamaba por su nombre.
- Has tardado más de lo que esperaba Martha.
Dirigió su mirada hacia aquella voz. La vieja del banco la miraba con una amplia sonrisa en sus labios mientras acariciaba el lomo del mimoso gato.
- Perdone, ¿la conozco?
- Tal vez…
Desconcertada ante la contestación, decidió que aquello era una pérdida de tiempo y que más provechoso sería volver a su casa para terminar los informes que hoy no había tenido tiempo de finalizar en el trabajo.
- Disculpe, ahora mismo no recuerdo de qué la conozco, soy un poco mala para las caras y los nombres. Espero que no se moleste. Nos veremos en otro momento - le dijo.
- He dicho “tal vez”, ¿qué te hace pensar que nos conocemos? - contestó pícaramente la anciana.
- Bueno, mi nombre… ha dicho mi nombre en cuanto me ha visto… - comentó ruborizada.
- No quiero ofenderte, pero Martha es un nombre bastante habitual… - sus ojos desprendían un brillo especial de vitalidad.
- Sí, ahí tiene usted razón - afirmó cada vez más incómoda la muchacha - He asumido que se refería a mí tan sólo porque me llamo así y porque venía persiguiendo a su gato, no pensé en que podría ser casualidad…
- Podría serlo, ¿verdad? Pero no, esta vez no ha sido casualidad.
Sorprendida y descolocada Martha comenzaba a ponerse nerviosa por momentos.
- En fin, creo que ya le he robado bastante tiempo, me voy a mi casa. Ha sido un placer conocerla.
- Que vas ¿a trabajar?
- Sí, he de terminar unas cosas - contestó desganada y deseando poder salir corriendo de ahí.
- Vaya, pareces una chica de provecho - le dijo la vieja.
- Sí, eso parece - articuló mientras pensaba que de nuevo tenía que escuchar el mismo comentario de siempre.
- Martha, siéntate un momento a mi lado.
Sin saber por qué, Martha cedió a la petición de su nueva compañera. Generalmente no lo habría hecho, sus padres le enseñaron desde pequeña a desconfiar de la gente, pero una fuerza sobrenatural hizo que sus pasos se dirigieran al banco y se abandonara a la tranquilidad que enseguida la inundó.
- Pequeña, cierra los ojos - le pidió mientras la acunaba con la dulzura de su voz.
Martha se sintió volar y no pudo negarse. Cerró sus ojos y notó la mano de la anciana sobre sus hombros. En ese mismo instante pensó que ni siquiera le había preguntado su nombre, en cuanto todo esto acabara lo haría.
- ¿Serías capaz de decirme cuántos de tus compañeros se apellidan López o Martín?
La pregunta le pilló por sorpresa y le pareció irrelevante, a pesar de todo decidió contestar: - Sí claro, me sé el nombre y apellidos de todos mis compañeros…
- ¿Sabrías decirme cuándo es el cumpleaños de tu secretaria o del director de la empresa?
De nuevo una pregunta rara, pero ahora hasta comenzaba a parecerle algo divertido… - Sí, me sé los cumpleaños de todos los compañeros.
- Y ahora… ¿serías capaz de decirme el nombre y apellidos de alguno de tus vecinos?
Martha no supo qué contestar.
- Y si te pregunto por el cumpleaños de los que son tus amigos, ¿serías capaz de decirme alguno sin tener que mirar tu agenda?
Un sentimiento de añoranza y malestar comenzó a invadir su corazón.
- Martha, sé que serás una mujer de provecho, pero sobre todo sé que eres una mujer especial. Desde que eres pequeña te he visto correr por las calles, contagiar a grandes y pequeños de tu alegría, sorprender a los que quieres con algún detalle, arrancar sonrisas y repartir felicidad a todo el que se cruzaba en tu camino…
En los últimos años lo que he podido ver es una carrera meteórica que ha ido apagando tus ilusiones, tus sueños y tu vitalidad.
Serás una mujer de provecho, sin duda, pero más provechosa es aún una persona que tiene ese don. Esa capacidad de hacer sonreír al que lo necesita, de animar al que tiembla, de repartir cariño y hacer que quien se cruce contigo te sienta como alguien especial. Ese don es el que tienes dentro de tu corazón Martha, esa llama que hoy en día te hace pensar de camino a casa, esa que aún se mantiene viva en tu interior y no ha permitido que te conviertas en una más de las figuras grises que errantes cruzan la ciudad.
A medida que esas palabras llegaban a sus oídos, Martha sentía cómo un peso interior desaparecía poco a poco, notaba cómo sus labios se curvaban para alojar una sonrisa, cómo las manos que descansaban sobre sus hombros se fundían con su piel hasta sentirla una sola.
- Tú decides Martha, tú eres la única que puede hacer su vida. Mujer de provecho serás, ahora eres tú quien tiene que decidir qué es lo verdaderamente importante en la vida…
Y tras esto vino un silencio. Fue entonces cuando Martha abrió de nuevo los ojos y todo le pareció diferente… Donde antes sólo escuchó risas, ahora veía a joviales niños regalando su alegría a padres y abuelos; donde estaban las fuentes, ahora oía el crepitar del agua al chocar contra la roca; donde estaban los árboles, ahora percibía el olor de sus flores y el piar de los pájaros que habitaban en ellos.
Parecía otro mundo… un mundo lleno de vida que hasta hace poco permaneció oculto a su mirada.
Pero le faltaba algo… había algo que echaba en falta. Miró a todos lados pero no la encontró. La misteriosa vieja había desaparecido.
A sus pies encontró el gato que la llevó hasta aquél rincón del parque. De su collar colgaba un pequeño pergamino. Lentamente lo cogió entre sus manos y lo leyó despacio…
“Sólo tenemos una vida, vívela, déjate llevar. No permitas que nada ni nadie apague la llama de tu don. Tú sabes hacer feliz a la gente, aprovéchalo”
Y con una sonrisa cogió a su nueva mascota en el regazo, acarició su lomo, respiró hondo y decidió que esa tarde los informes podrían esperar, y mañana también, y pasado, y… y ya era hora de dar un giro a su vida y hacer lo que de verdad le había gustado siempre hacer: repartir sonrisas e ilusión para todo aquel que aún no supiera que lo verdaderamente importante en la vida es vivirla.