- Cariño, ¿qué te pasa?
- Nada mamá - contestó bajando la mirada a sus pies.
A pesar de ser un gesto casi imperceptible no se le pudo pasar a su madre, de modo que en el mismo instante en el que la niña desviaba la mirada de la figura, la madre la vio por primera vez.
- ¿Es eso?
- ¿El qué?
- Esa figura… ¿es eso lo que tanto atrae tu atención?
- Sí mamá - contestó la pequeña casi ruborizada.
- ¿Qué tiene?
- Estaba pensando que…
-Venga di, ¿qué pensabas?
- Sé que parecerá una tontería, pero estaba pensado que esa figura vive.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó asustada.
- Quiero decir que cuando la he visto un escalofrío ha recorrido mi cuerpo y eso no me pasa con todas las esculturas que hay aquí.
- Bueno, habrá sido casualidad Clara…
- ¿Ves? por eso no quería contarte nada, sabía que pensarías que se trataba de una tontería y que es una chiquillada
- Clara no…
- ¿Qué vas a decir mamá? ¿Que no me ponga así? - le interrumpió mientras notaba cómo se acaloraban sus ánimos y sus mejillas.
- Bueno, se acabó. Volvamos a casa.
El camino de regreso transcurrió sin que una sola palabra fuera cruzada entre las dos mujeres. Cercanas pero distantes, así llevaban desde que Clara entró en la adolescencia.
La vida no era fácil para ellas. Desde que José las dejó Ana tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para poder seguir adelante.
El poco tiempo libre que le dejaba el trabajo y la entrada en el mundo de la adolescencia de su hija, hacían que la vida para Ana no fuera precisamente fácil.
Mientras conducía miró a su hija de reojo. ¡Había cambiado tanto! Recordó los años en los que Clara corría a colgarse en su cuello e inundarla de besos en cuanto la veía aparecer por la puerta. Recordaba las confidencias, los sueños, las ilusiones y los secretos. Sabía que algún día tendría que cambiar pero lo que jamás habría imaginado es que fuera tan pronto…
En ese mismo momento Clara deseaba que su madre le dijera algo, que la abrazara fuertemente, que la diera los besos que le daba de pequeña y le prestara la atención que le proporcionaba hacía años. ¡Habían cambiado tanto las cosas entre ellas! ¡Echaba tanto de menos a su madre!…
Una vez estuvieron en casa, no hubo cambio aparente. Entraron por la puerta y cada una se dirigió a su cuarto para ponerse algo más cómodo de lo que llevaban.
Llegó la hora de la cena , se sentaron juntas frente al televisor y acto seguido se fueron a dormir cruzando las primeras palabras desde que tuvieron la discusión en el cementerio:
- Buenas noches.
- Que descanses.
Y cerraron sus puertas para entrar cada una en su mundo particular.
Ana se echó en la cama y rompió a llorar. Lloraba de rabia e impotencia, por pena y añoranza. Extrañaba el calor de José, su suave carácter y sus dulces gestos; su facilidad para calmar a Clara y los mimos que le dedicaba a ella cada segundo. Destrozada por el cansancio el sueño se apoderó de su cuerpo quedando dormida en unos minutos.
Mientras, Clara hacía lo propio en su habitación. Lloraba porque extrañaba a su padre y, lo que es peor, porque extrañaba a su madre. Se sentía sola y perdida, sin saber cómo hacer para que Ana se diera cuenta de lo que la necesitaba a su lado. Pronto entró en un sueño profundo que la pilló de improviso llevándole a mundos lejanos.
De pronto tuvo una rara sensación. Sentía que estaba despierta aun sabiendo que se encontraba dormida. Se encontró de nuevo en el cementerio, frente a la misteriosa escultura que tantos sentimientos provocaban en su interior.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y se sobresaltó al ver cómo se incorporaba y la miraba fijamente.
Dio un paso para atrás ignorando qué intenciones podría tener; Clara siempre se ponía en lo peor para evitar sorpresas.
- Tranquila Clara, no voy a hacerte daño – le dijo la escultura.
- No puede ser, tiene que ser un sueño – contestó confundida.
- Sí, efectivamente no es mas que un sueño. He venido hasta aquí para contarte algo que deberías saber.
- ¿Qué edad tienes? No pareces mayor que yo – contestó la chica cuando se vio capaz de reaccionar.
- Así es, tan sólo tenía 16 años cuando … bueno, cuando todo ocurrió,
- ¿Qué te pasó?
- Prefiero no hablar de eso, digamos que sólo ocurrió – contestó.
- Lo entiendo y lo respeto. ¿ Y bien? ¿qué es eso que me tenías que contar?
- Hace muchos años yo era una niña como tú. ¡Tenía tantos sueños por cumplir! Aunque qué te voy a contar que tú no sepas… - dijo perdiendo la mirada en el infinito. – Yo era una chica como tú con ilusiones y planes de futuro. Cierto día las cosas se torcieron. Fallecí, sí, pasé a mejor vida o como quieras llamarlo. En ese momento todos mis sueños se rompieron frágiles como el cristal. Yo también tenía una familia, ¿sabes? Igual que tú vivía sólo con mi madre, igual que tú tenía malentendidos y diferencias de opinión, igual que tú pensaba que no entendía lo que pasaba por mi cabeza y que nunca podría comprenderme.
- ¿Y qué pasó?
- Pasó que la vida me jugó una mala pasada. En un instante me separó de ella para siempre…
- ¿Y?…
- Pues que en ese momento comprendí todo lo que en vida no pude entender.
- ¿Y qué era exactamente?
- Pues eran cosas como que me quería más que a nada en este mundo. Eran cosas como que se desvivía por intentar saber más de mí, por cuidarme y mimarme, por intentar que tuviera todo aquello que necesitara, por tratar de llenar el vacío que provocaba la ausencia de mi padre.
- ¿Tu vida era entonces tan parecida a la mía?
- No te puedes hacer ni idea de hasta que punto así era… Por eso cuando me viste esta mañana sentiste aquello. Es difícil de explicar ¿verdad?
- Sí, muy difícil…
- En cuanto te sentí cerca supe que tendría que contactar contigo, sólo tú podrías entenderme y sólo a ti podría ayudarte.
- ¿Ayudarme? ¿Cómo?
- Haciéndote ver la realidad.
- ¿Y cuál es esa realidad?
- Cuéntame, ¿qué es lo que más te llamó la atención de mí cuando me viste?
- Tu postura, sin duda. Parecías triste y abatida.
- ¿ Y te has preguntado el por qué?
- Sí claro, pero no sabría decirte…
- Para eso estoy aquí, para contarte los motivos y para tratar de intentar que tú no caigas en el mismo error.
- ¿Y bien? ¿Cuáles son esos motivos?
- En realidad se reduce a un solo motivo…
- ¿Cuál es ese motivo entonces?
- Nunca se me pasó por la cabeza que la vida acabaría tan pronto. Sólo tenía 16 años y jamás pensé que podría morir con tan corta edad. Circunstancias de la vida hicieron que tuviera que abandonar el mundo de los vivos y pasar al de los muertos. Fue entonces cuando comprendí…
- ¿Qué es lo que comprendiste?
- Comprendí que había perdido el tiempo, que había infravalorado el esfuerzo de mi madre. Ella pasaba poco tiempo conmigo, pero en realidad se debía a que quería que tuviera todo lo que pudiera necesitar. Ella pensaba que podría valorar más lo material y para poder ofrecérmelo no tenía más remedio que trabajar horas y horas sin parar; y yo no supe hacerle entender que lo que necesitaba era tenerla cerca.
- Sí, te entiendo, sé lo que quieres decir, a mi madre le pasa igual…
- Pero tú aún estás a tiempo Clara. Tú tienes la oportunidad de sentarte con ella, de hablar con ella y contarle lo que sientes. Tú puedes decirle que la quieres, que al echas de menos y que te encantaría que te besara y te abrazara, que te de muestras de ese infinito cariño que te procesa.
- ¿Estás segura de que es así?
- Tan segura como de que mi madre sentía lo mismo por mí.
De pronto se hizo un silencio.
- Clara, yo no puedo arreglarlo, para mí ya es tarde. Es una pena con la que tendré que cargar eternamente. No es casualidad que en todo el cementerio la única figura caída sea la mía. Originalmente no era así. Estaba erguida, apuntando a lo más alto del cielo, pero en cuanto descubrí la realidad la pena fue pesando en mis espaldas hasta hacerme caer sobre la piedra. Es mi manera de pedir perdón por aquello que no hice, mi manera de demostrarle a mi madre lo arrepentida que estoy cada vez que viene a verme y a hablar conmigo.
Clara, tú todavía puedes poner remedio. – le dijo mirándole fijamente a los ojos.
- Nunca lo había pensado así –contestó.
- Pues así es pequeña. La decisión es tuya. Ahora me gustaría pedirte un último favor. Me gustaría que fueras a ver a mi madre y le dieras esta carta. No me preguntes ni cómo ni cuándo la escribí, eso son secretos de lo que suelen llamar “el más allá”. No puedo presentarme a ella, pero tú sí que puedes ir por mí. Necesito descansar, y sé que la única manera es pidiéndole perdón – le contó con lágrimas en los ojos.
Emocionada, Clara alargó la mano, cogió la carta y contestó – Lo haré, no tengas duda.
- Gracias, muchísimas gracias.
Y dicho esto se desvaneció delante de sus ojos.
Al día siguiente Clara madrugó para preparar el desayuno. Antes de que su madre se levantara de la cama fue a su cuarto dándole los buenos días y con una bandeja plagada de comida, café y la rosa más hermosa que encontró en el jardín.
- Buenos días – le dijo mientras se inclinó a darle un beso en la mejilla.
- Buenos días pequeña. ¿Te encuentras bien? – preguntó entre sorprendida y asustada.
- Mejor que nunca mamá, mejor que nunca – contestó con una sonrisa - ¿Tienes algo que hacer hoy?
- Siempre hay algo que hacer Clara, pero hoy es domingo y creo que me merezco un descanso…
- Bien, en ese caso me gustaría poder hablar contigo, creo que hay unas cuantas cosas que deberías saber.
- Pues tranquila que hoy el día será entero para ti- dijo sin poder creer lo que estaba ocurriendo y con un sentimiento de paz que hacía años que no experimentaba.
Y entonces Clara se sentó junto a su madre y comenzó a contar todo aquello que guardaba en su interior, porque por fin comprendió que lo que no se dice en vida muere en el interior.