Siempre estaba ahí donde lo necesitaba, cuando más falta le hacía. Podían pasar los días, las semanas y los meses sin saber nada de él, pero en cuanto sentía que necesitaba una mano amiga, un abrazo consolador, un hombro en el que llorar, unos oídos que escuchasen sus palabras… en esos casos sólo tenía que llamar e inmediatamente aparecía junto a ella.
Era una de esas personas a las que más se quiere pero menos se les reconoce.
Recordando, se dio cuenta que nunca le había dicho que le quería, le extrañaba o le necesitaba.
Nunca lo tuvo que decir hasta este preciso instante.
Ahora se enfrentaba a una hoja de papel. Era el momento de decir todo aquello que durante años había callado. Tantas oportunidades, tanto tiempo para expresar sus sentimientos y… ¿qué le quedaba? unas horas y unas líneas. Nada más.
Mientras luchaba con los recuerdos que asolaban su memoria y con el tiempo que corría en su contra, una mano temblorosa iba plasmando aquello que el corazón dictaba.
Aparentemente era una carta sin orden ni concierto. Palabras sueltas. A cualquiera que cogiera esa hoja le podría costar comprender que encerraba un mensaje… sin embargo ella sabía que cuando él la recibiera sabría entenderla.
Entendería que en esos momentos no encontraba las palabras que pudieran expesar lo que sentía. Podría entender el esfuerzo que le suponía aquello, y que tal desorden era debido a que por fin, después de tanto tiempo, había sido capaz de romper el dique de su corazón. Por eso los sentimientos fluían a raudales.
Te extraño, te añoro. Te admiro, te respeto. Te necesito, te quiero…
Así fue como llenó la página sin apenas darse cuenta. Cerró el pequeño discurso con un “te echaré de menos” y una lágrima.
Sin poder contener el llanto que ya había comenzado, dobló cuidadosamente la hoja por la mitad, la metió en el sobre, lo cerró y completó la dirección del destinatario:
” Para Hugo; directo al cielo”
Con lágrimas en los ojos dirigió una última mirada a ese inmenso cielo y con paso vacilante se encaminó al buzón aun siendo consciente de que jamás podría leerla…
**********
Y mientras esto ocurría, Hugo la contemplaba emocionado, deseoso de poder abrazarla y darle un cálido beso para que supiera que seguía ahí. Seguiría cuidándola allí donde estaba, y pronto le haría comprender que, a pesar de la distancia y las brechas insalvables, continuaría escuchándola, abrazándola y protegiéndola de todo cuanto le ocurriera. Al fin y al cabo, aunque ella nunca lo hubiera llegado a saber, siempre sería la princesa de sus sueños…