El Bosque
Nadie podía comprender lo que le ocurría.
Era joven, bonita e inteligente. Tenía pretendientes a cada paso y era heredera del gran reino.
Pero su mirada era triste. Sus ojos encerraban una pena que nadie acertaba a adivinar.
Cuando le preguntaban ella regalaba una sonrisa tímida y repetía : “Todo está bien, nada podría ir mejor”.
Sólo había una persona en todo el reinado que conocía el secreto…
Una mañana con el primer canto del gallo, uno de los guardias que más fidelidad había demostrado a su rey, irrumpió en los aposentos gritando :
-Señor, la princesa!
-¿Qué ocurre? ¿Qué le pasa a mi pequeña? - pegó un salto de la cama y se enfundó su bata real. Se había despejado de golpe, la noticia cayó sobre él como un jarro de agua fría.
Desde que murió la reina había dedicado la vida por completo a su pequeña princesita. Tuvo todo lo que un niño podría desear, le proporcionó los mejores maestros, le había enseñado el arte de las letras, el de la música y el de la danza. ¿Qué habría hecho mal?
-Dime! No me tengas así! ¿qué ha pasado con mi niña?
- Señor, esta mañana temprano, como cada día, su dama se acercó a los aposentos de la princesa a despertarla, pero… cuando abrió la puerta se encontró con que la cama estaba vacía.
- ¿Quieres decir que no pasó la noche en su lecho?
- No señor, la cama estaba revuelta. Quiero decir que no estaba, simplemente.
- Bueno…quizá sufría de insomnio y decidió dar una vuelta por los jardines; tú sabes la predilección que muestra por ellos… - dijo intentando tranquilizar sus nervios.
- Sí Señor, puede que sea eso – bajó la mirada esquivando a su señor; después de tantos años sólo con ver sus ojos podría entrever su inquietud y su poca confianza en la teoría que acababa de argüir. – Si no le importa, me retiro.
- Marcos…
- ¿Sí, Señor?
- Ordena a todos tus hombres que la busquen por el reino. Ya sabes…sólo por si acaso…
- Descuide Señor, en cuanto llegó la noticia a mis oídos me tomé la libertad de dar la orden, espero que no le moleste – dijo ligeramente avergonzado y temeroso por la posible reacción de su rey.
- Gracias Marcos, gracias – se dejó caer cansado y pesaroso sobre su lecho.
Cuando se encontró solo se dirigió a la ventana. Desde ahí podía divisar el Bosque…
- Maldito Bosque – farfulló – ya te llevaste a una, ¿ahora quieres a la otra? – y sus fuerzas cedieron, y sus lágrimas manaron.
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Mientras tanto, ajena a todo lo que ocurría en palacio, la princesa vagaba entre los altos robles, los antiquísimos castaños y los majestuosos pinos. Disfrutaba cogiendo margaritas y enredándoselas en el cabello. Sonreía cada vez que una mariposa se cruzaba en su camino y corría tras ellas intentando alcanzarlas. Muchas veces soñaba con que un día sería capaz de alzar el vuelo y danzar con ellas en el aire haciendo cabriolas y desplegando todo el encanto de sus colores.
Así, persiguiendo una mariposa, fue como llegó hasta aquél claro que hasta el momento nunca había visto.
Se trataba de una gran explanada libre de árboles, de zarzas y de helechos. En el centro de la misma se erguía una monumental figura.
Aguzó la vista y … no podía creer lo que veían sus ojos!
- Mamá! – gritó.
Se lanzó corriendo al encuentro de la estatua soltando en su camino todo lo que había recogido hasta entonces. Margaritas, tréboles y dientes de león alzaron el vuelo siguiendo los pasos de la mariposa que llevó a la princesa hasta aquél lugar.
La muchacha no salía de su asombro. La miró, la tocó. Sí , no había duda, era ella! Era su madre! Hacía años que no la veía; le dijeron que murió ahogada en el lago un día que salió de paseo, y nadie la mencionó nunca más.
Durante años la echó de menos. Echó en falta sus caricias, sus miradas, sus sonrisas, esa complicidad que sólo una madre puede tener con su hija. Y ahora la tenía frente a ella. Podía tocarla.
En contra de lo que cabía esperar no era piedra, estaba hecha de un frío metal que no había visto hasta entonces. No desprendía calor, pero sabía que en lo más profundo, tras ese envoltorio, latía el corazón de su madre. Algo le decía que así era.
Emocionada, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Notó algo diferente… con cuidado se frotó el ojo y descubrió que no era agua salada, sino pequeñas gotitas grisáceas que rápidamente se endurecían petrificando sus facciones.
Al principio sintió un miedo atroz, pero de pronto una voz llegó a sus oídos:
- Tranquila, no tengas miedo, no te pasará nada. Estoy aquí pequeña, junto a ti.
- ¿Mamá? – preguntó con la ilusión de una cría pequeña.
- Sí cariño, mamá está aquí. No te preocupes, todo irá bien. Ya no volveremos a separarnos jamás.
Y a pesar de tener una amplia sonrisa en su rostro, las lágrimas continuaban manando. Y esas lágrimas petrificaron esa sonrisa.
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- Señor, lo siento, yo…
- No te preocupes Marcos, nada pudiste hacerle, nada puedo hacerle… - vencido por el cansancio y la desesperación el rey parecía un niño frágil y desvalido.
- Señor, ¿puedo hacer algo por usted? – preguntó el guardia preocupado por el aspecto del que consideraba más que amo, amigo.
- No Marcos, ni tú ni nadie puede ayudarme. Ni siquiera yo puedo hacer nada – repitió. – Puedes retirarte.
- Sí Señor – y sin darle la espalda, salió de sus aposentos cerrando la puerta tras él.
El rey se quedó solo bañado por el reflejo de la luna que se colaba a través del gran ventanal, ese mismo ventanal que ofrecía las vistas del Bosque.
- Has vuelto a ganar. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué he hecho yo? – gritó angustiado asustando a las aves nocturnas que comenzaban a descansar en los alrededores de palacio.
Y así, sólo y desamparado pasó la noche, pasó los días. El reino no volvió a verle, no se supo más de él. Jamás volvió a salir de palacio y corrieron numerosos rumores sobre lo que había acontecido hasta ahora.
La misteriosa desaparición de la reina, el supuesto abandono de la princesa para conocer tierras lejanas, la teórica locura que se apoderó del rey después de todo…
Corrían rumores y nadie supo la verdadera historia del Bosque que rodeaba su preciado e idílico reino… nadie conoció la verdadera identidad de las que llamaron ” Las reinas del Bosque”. Nunca supieron hasta qué punto eran ciertas esas palabras…

