El Bosque

Octubre 31st, 2006

Nadie podía comprender lo que le ocurría.
Era joven, bonita e inteligente. Tenía pretendientes a cada paso y era heredera del gran reino.
Pero su mirada era triste. Sus ojos encerraban una pena que nadie acertaba a adivinar.

Cuando le preguntaban ella regalaba una sonrisa tímida y repetía : “Todo está bien, nada podría ir mejor”.
Sólo había una persona en todo el reinado que conocía el secreto…

Una mañana con el primer canto del gallo, uno de los guardias que más fidelidad había demostrado a su rey, irrumpió en los aposentos gritando :

-Señor, la princesa!
-¿Qué ocurre? ¿Qué le pasa a mi pequeña? - pegó un salto de la cama y se enfundó su bata real. Se había despejado de golpe, la noticia cayó sobre él como un jarro de agua fría.
Desde que murió la reina había dedicado la vida por completo a su pequeña princesita. Tuvo todo lo que un niño podría desear, le proporcionó los mejores maestros, le había enseñado el arte de las letras, el de la música y el de la danza. ¿Qué habría hecho mal?
-Dime! No me tengas así! ¿qué ha pasado con mi niña?
- Señor, esta mañana temprano, como cada día, su dama se acercó a los aposentos de la princesa a despertarla, pero… cuando abrió la puerta se encontró con que la cama estaba vacía.
- ¿Quieres decir que no pasó la noche en su lecho?
- No señor, la cama estaba revuelta. Quiero decir que no estaba, simplemente.
- Bueno…quizá sufría de insomnio y decidió dar una vuelta por los jardines; tú sabes la predilección que muestra por ellos… - dijo intentando tranquilizar sus nervios.
- Sí Señor, puede que sea eso – bajó la mirada esquivando a su señor; después de tantos años sólo con ver sus ojos podría entrever su inquietud y su poca confianza en la teoría que acababa de argüir. – Si no le importa, me retiro.
- Marcos…
- ¿Sí, Señor?
- Ordena a todos tus hombres que la busquen por el reino. Ya sabes…sólo por si acaso…
- Descuide Señor, en cuanto llegó la noticia a mis oídos me tomé la libertad de dar la orden, espero que no le moleste – dijo ligeramente avergonzado y temeroso por la posible reacción de su rey.
- Gracias Marcos, gracias – se dejó caer cansado y pesaroso sobre su lecho.

Cuando se encontró solo se dirigió a la ventana. Desde ahí podía divisar el Bosque…
- Maldito Bosque – farfulló – ya te llevaste a una, ¿ahora quieres a la otra? – y sus fuerzas cedieron, y sus lágrimas manaron.

*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_

Mientras tanto, ajena a todo lo que ocurría en palacio, la princesa vagaba entre los altos robles, los antiquísimos castaños y los majestuosos pinos. Disfrutaba cogiendo margaritas y enredándoselas en el cabello. Sonreía cada vez que una mariposa se cruzaba en su camino y corría tras ellas intentando alcanzarlas. Muchas veces soñaba con que un día sería capaz de alzar el vuelo y danzar con ellas en el aire haciendo cabriolas y desplegando todo el encanto de sus colores.
Así, persiguiendo una mariposa, fue como llegó hasta aquél claro que hasta el momento nunca había visto.
Se trataba de una gran explanada libre de árboles, de zarzas y de helechos. En el centro de la misma se erguía una monumental figura.
Aguzó la vista y … no podía creer lo que veían sus ojos!

- Mamá! – gritó.
Se lanzó corriendo al encuentro de la estatua soltando en su camino todo lo que había recogido hasta entonces. Margaritas, tréboles y dientes de león alzaron el vuelo siguiendo los pasos de la mariposa que llevó a la princesa hasta aquél lugar.

La muchacha no salía de su asombro. La miró, la tocó. Sí , no había duda, era ella! Era su madre! Hacía años que no la veía; le dijeron que murió ahogada en el lago un día que salió de paseo, y nadie la mencionó nunca más.
Durante años la echó de menos. Echó en falta sus caricias, sus miradas, sus sonrisas, esa complicidad que sólo una madre puede tener con su hija. Y ahora la tenía frente a ella. Podía tocarla.
En contra de lo que cabía esperar no era piedra, estaba hecha de un frío metal que no había visto hasta entonces. No desprendía calor, pero sabía que en lo más profundo, tras ese envoltorio, latía el corazón de su madre. Algo le decía que así era.

Emocionada, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Notó algo diferente… con cuidado se frotó el ojo y descubrió que no era agua salada, sino pequeñas gotitas grisáceas que rápidamente se endurecían petrificando sus facciones.

Al principio sintió un miedo atroz, pero de pronto una voz llegó a sus oídos:
- Tranquila, no tengas miedo, no te pasará nada. Estoy aquí pequeña, junto a ti.
- ¿Mamá? – preguntó con la ilusión de una cría pequeña.
- Sí cariño, mamá está aquí. No te preocupes, todo irá bien. Ya no volveremos a separarnos jamás.

Y a pesar de tener una amplia sonrisa en su rostro, las lágrimas continuaban manando. Y esas lágrimas petrificaron esa sonrisa.

*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_

- Señor, lo siento, yo…
- No te preocupes Marcos, nada pudiste hacerle, nada puedo hacerle… - vencido por el cansancio y la desesperación el rey parecía un niño frágil y desvalido.
- Señor, ¿puedo hacer algo por usted? – preguntó el guardia preocupado por el aspecto del que consideraba más que amo, amigo.
- No Marcos, ni tú ni nadie puede ayudarme. Ni siquiera yo puedo hacer nada – repitió. – Puedes retirarte.
- Sí Señor – y sin darle la espalda, salió de sus aposentos cerrando la puerta tras él.

El rey se quedó solo bañado por el reflejo de la luna que se colaba a través del gran ventanal, ese mismo ventanal que ofrecía las vistas del Bosque.
- Has vuelto a ganar. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué he hecho yo? – gritó angustiado asustando a las aves nocturnas que comenzaban a descansar en los alrededores de palacio.

Y así, sólo y desamparado pasó la noche, pasó los días. El reino no volvió a verle, no se supo más de él. Jamás volvió a salir de palacio y corrieron numerosos rumores sobre lo que había acontecido hasta ahora.
La misteriosa desaparición de la reina, el supuesto abandono de la princesa para conocer tierras lejanas, la teórica locura que se apoderó del rey después de todo…

Corrían rumores y nadie supo la verdadera historia del Bosque que rodeaba su preciado e idílico reino… nadie conoció la verdadera identidad de las que llamaron ” Las reinas del Bosque”. Nunca supieron hasta qué punto eran ciertas esas palabras…

El Salón de Baile

Octubre 29th, 2006

En el inmenso salón retumbaron los pasos.

Un, dos, tres… un, dos, tres…
Izquierdo, izquierdo, derecho y vuelta.
Un, dos, tres… un, dos tres…

El baile había comenzado.
La música no sonaban y tan sólo se podía escuchar el eco de unas solitarias pisadas.
Ahí estaba ella, reviviendo lo que un día fue, bailando con sus recuerdos.

Mientras danzaba enterró la nariz entre los pliegues de aquellas ropas que un día envolvieron su cuerpo. Si cerraba los ojos era capaz de evocar su olor salvando el aroma del molesto alcanfor.

Y a cada paso lanzaba un suspiro, con cada nuevo movimiento una pregunta, con cada giro una lágrima.

Un , dos, tres… Un, dos, tres…
Izquierda, izquierda, derecha y vuelta.
Un, dos, tres… Un, dos, tres…

Seguiría practicando, así si un día decidía volver, estaría preparada para retomar el baile donde lo dejaron.

Castigo Final

Octubre 27th, 2006

Se lo habían advertido más de una vez, pero él se caracterizaba por una cabezonería extrema y un orgullo que le impedía escuchar a nadie que no fuera él mismo.
Sus padres, sus profesores, sus hermanos e incluso sus amigos estaban cansados de decirle que tendría que cambiar, que si seguía por el mismo camino la vida le daría muchos reveses.
Pero no hubo manera. Siguió en la misma línea, encerrado en sí mismo sin importarle nada más.
El único objetivo que dominaba sus días era conseguir todo lo que se propusiera. Para ello no dudaba en pisar a quien hiciera falta, mentir o falsificar.
No conocía amigos pero le sobraban enemigos. Jamás fue capaz de amar a nadie, lo más que consiguió fue fingir un falso amor si ese alguien podía serle de utilidad en sus menesteres.

Siempre caminaba con la cabeza en alto y la barbilla apuntando al cielo impulsada por su altanería.
Y así empezó todo… Una rama de un viejo árbol que nunca vio hasta ahora le hizo tropezar cayendo al suelo con un estrépito que heló la sangre a los que por ahí pasaban.
Por descontado, no quiso aceptar la mano que más de uno de los que pasaban a su lado le tendieron para ayudarle. En vez de eso, les obsequiaba su amabilidad lanzándoles una mirada cargada de odio y desprecio.
Pensó que era uno de los peores días de su vida que hasta ahora tuvo. No le dolía el cuerpo, o al menos el daño en dignidad fue lo suficientemente mayor como para superar al físico.

Cuando hubo conseguido espantar a todo el que intentó echarle una mano, cuando se creyó sólo comenzó a refunfuñar y a hablar entre dientes. Entonces fue cuando le vio.

A su derecha había un hombre completamente trajeado. Su cabeza era coronada por un elegante pero anticuado sombrero de copa y entre las manos enfundadas en unos pulcros guantes blancos sostenía una curiosa y llamativa llave dorada.

-¡Y tú que miras! – rugió.
-¿Acaso he de mirar algo?

La indiferencia que mostró consiguió sacarle de sus casillas y se levantó dispuesto a arremeter contra aquél personaje tan peculiar. Pero cuando llegó a su altura, justo en el momento en el que iba a descargar toda su rabia contra él, se fijó en la llave.
Sintió una tremenda necesidad de hacerse con esa llave, y por ello decidió que sería mejor dominar su rabia e intentar que ese hombre le obsequiara su gesto con aquella llave…

- En realidad… usted perdone, creo que he tenido un mal día. Iba a descargar toda mi furia contra usted cuando en realidad no tiene culpa de nada. Le pido mis más sinceras disculpas, señor…
- Reficul; puede llamarme Sr Reficul
- Un extraño nombre ¿o tal vez es su apellido? – trató de ganar su confianza a base de interés, al fin y al cabo a todo el mundo le gusta que escuchen sus historias.
- Sí, quizá. En realidad es de familia, tiene gran tradición de allí donde provengo…

Iba a preguntar cuál era ese lugar, pero algo le dijo que no debería, que quizá sería entrometerse demasiado y si el Sr Reficul no hizo mención al mismo sería por algo. En lugar de eso, atacó directamente a su objetivo, tal y como acostumbraba a hacer:

- Y esa llave que sostiene entre las manos, ¿también es un legado familiar? Parece realmente antigua.

Con la mirada perdida y haciendo girar la llave entre sus dedos, contestó:
- Sí, se podría decir que sí; es… algo así como un legado familiar.

Era la primera vez que alguien comenzaba a inquietarle. Había algo en él que no le gustaba, algo que le hacía desconfiar y que conseguía descentrarle. No obstante luchó contra esa sensación y continuó:
- ¿Me dejaría cogerla un momento? – y cuando la tuvo en su mano la sopesó, la acarició y dijo – Vaya… ¿oro macizo? Ha de valer una millonada…
- Cierto es que tiene gran valor en el mercado, pero su valor simbólico le supera con creces señor.
- Sin duda – no debía de darle motivos para desconfiar. – Es curiosísima, nunca había visto un modelo como este. Esa empuñadura en forma de ala hace que resulte especial ; pero… ¿ ese pedazo que le falta? ¿qué le ha ocurrido? – preguntó interesado.
- En realidad es así. Se trata de un ala rota – su voz se tornó misteriosa y con un tono ronco que no había presentado hasta ahora.
- ¿Un ala rota? Vaya… Y ¿podría saber qué es lo que abre?
- ¿Conoce el mausoleo que hay en el ala sur del parque?
- ¿Me está usted diciendo que esta llave consigue abrir el mausoleo? Ese mausoleo que domina el lago y que todo el mundo admira pero al que nadie ha conseguido nunca acceder? – preguntó incrédulo.
- El mismo.
- Vaya… - de inmediato su objetivo cambió. Ya no le bastaba con conseguir esa llave, sino que además tenía que entrar en el mausoleo pasara lo que pasara.
- Creo que ha llegado la hora de volver a casa. ¿Sería usted tan amable de devolverme la llave?

Por un momento dudó. No sabía si devolverle la llave a su dueño o salir corriendo con ella hasta llegar a la puerta que quería traspasar. Un rayo de lucidez hizo que le devolviera la llave al dueño.
- Ha sido un placer, caballero.
- Igualmente Sr Reficul

A medida que le veía alejarse, iba creciendo dentro de él la llama de la avaricia y la ambición. Por más que trató de controlarlo, finalmente cegado por su mezquindad, corrió tras su víctima y le asestó un certero golpe en la nuca que le dejaría inconsciente durante el tiempo justo como para poderle registrar con comodidad.
Pronto la localizó. Con los ojos desorbitados y una diabólica sonrisa, acarició la llave como si fuera su más preciado tesoro. La ocultó en el bolsillo de su pantalón y, después de asegurarse que nadie había presenciado lo que acababa de ocurrir, escondió el cuerpo del Sr Reficul en unos arbustos cercanos.
Enseguida se dirigió al mausoleo. Tras doblar una esquina lo vio aparecer ante sus ojos. Un edificio majestuoso flanqueado por impresionantes cipreses que apuntaban al cielo de manera desafiante.
Para poder acceder a él tendría que cruzar el lago. Buscó en su bolsillo alguna moneda y se lanzó al embarcadero para hacerse con una de las balsas. Remó con fuerza y en cuanto rozó tierra se lanzó como un animal salvaje incapaz de controlar sus ansias y deseos.
Y ahí estaba, mirando fijamente la cerradura. Él sería la primera persona que pudiera entrar ahí, a excepción del Sr Reficul, por supuesto.
Él , él , él! Lo había conseguido! Se había hecho con la llave, podría entrar en el mausoleo! Una vez más había logrado su objetivo a pesar de haber tenido que emplear la fuerza y la extorsión.
Pero eso ahora mismo no importaba. En ese momento le embargaba una gran ansiedad y pronto se decidió.
Comenzó a introducir la llave en la cerradura y según la giraba, cada crujir de la madera le provocaba una oleada de calor y satisfacción única hasta ahora.
Último giro y la puerta vence. Cuando se asoma no encuentra mas que una absoluta oscuridad.
Su ansia por merodear el lugar hizo que se introdujera en el mausoleo sin percatarse de que nada más abrirlo había soltado la llave, paradójicamente lo que comenzó siendo su objetivo no se había convertido mas que en una mera herramienta para conseguir la meta final.
Una vez dentro, una inesperada corriente de aire hizo que la puerta se cerrara tras de él haciendo un ruido ensordecedor. Fue entonces cuando se percató de lo que estaba ocurriendo. Había quedado encerrado en el interior del mausoleo!
Corrió hacia la puerta; gritó, aporreó y arañó la madera vieja de la que estaba hecha, pero como era de esperar, no obtuvo respuesta alguna.
Desesperado apoyó la frente en la puerta y escuchó unas palmadas a su espalda. Asustado se giró y le vio allí de pie, frente a él.
- ¿Tú qué haces aquí? Tú no deberías de estar aquí!¿por dónde has entrado? ¿cómo lo has hecho? – no podía creer lo que veían sus ojos.
- Vaya…¿aún no te has dado cuenta?
- ¿Darme cuenta de qué? – el miedo y la ansiedad hicieron que no sonara mas que un hilo de voz.

Entonces vio como el señor trajeado y con sombrero de copa escribía con movimientos lentos del pie su propio nombre en la arena :
R E F I C U L
Inmediatamente hizo lo mismo pero en sentido contrario:
L U C I F E R

El terror se dibujó en los ojos del joven. No podía entender nada, no lograba entender nada de lo que estaba sucediendo.
Una carcajada siniestra cruzó el aire helándole la sangre y comenzó a notar un dolor desgarrador en su espalda. Tanto era el dolor que sentía que no tuvo más remedio que doblarse sobre sus rodillas y lanzar gritos de desesperación y agonía.
Cuando pareció menguar el sufrimiento abrió los ojos de nuevo. La oscuridad se había desvanecido, igual que el Sr… prefería no nombrarlo. Miró a su alrededor y se descubrió rodeado de llamas que caldeaban peligrosamente el ambiente.
Una vez superado ese primer susto, descubrió que se encontraba totalmente desnudo y que algo le pesaba a la espalda… alargó la mano y descubrió que dos inmensas alas surgían de sus omoplatos.
Confundido y asustado escuchó una voz que le decía:

“No siempre se puede tener todo lo que se quiere, y si por conseguirlo haces cualquier cosa, puede que el resultado no sea precisamente el que tú esperabas. Se te dieron oportunidades de cambio y no te aferraste a ninguna de ellas. Ahora no hay vuelta atrás, ahora te has condenado”

Y por primera vez derramó amargas lágrimas de arrepentimiento.

(Y todo esto sale de una conversación con Solstar en la que le propongo que me mande una foto sobre la que escribir una historia… gracias Solstar, ha sido todo un reto pero he disfrutado escribiendo algo así;) )

Sin secretos

Octubre 26th, 2006

Empeñada en ocultarlo jamás tomaba el sol ni usaba camisetas de tirantes por mucho que apretara el sol.
Su madre no lo tenía, su hermana tampoco. La doctora lo veía como algo fuera de lo normal, sus amigas disfrutaban viéndolo pero ninguna lo querría para ella.
A nadie de su entorno más íntimo le ocurría algo similar, y mucho menos podían llegar a entenderlo.

Un día en el autobús notó una mirada que se clavaba en su nuca y le corrió un escalofrío por la espalda. Una muchacha con el pelo ensortijado se le acercó:
- ¿Puedo sentarme?

Miró el asiento libre que había junto a ella mientras trataba de encontrar alguna excusa que le evitara tener que entablar una conversación con aquella chica que tanto la inquietaba, pero por más vueltas que le dio tan sólo acertó a decir:
- Sí por supuesto, siéntate si quieres

Pasaron unos minutos hasta que ocurrió lo esperado:
- Vaya, parece que hay atasco…
-Sí – tenía claro que no le interesaba iniciar una conversación con nadie y volvió a enfrascarse en las hojas del libro que tenía en sus manos.
-¿Qué lees? – parecía que su compañera de viaje no pensaba cejar en el empeño.
- “El Conde Lucanor” – dijo ligeramente irritada y confiando en que sería el final de la conversación.
- Ah! De Don Juan Manuel , ¿verdad? – sabía que estaba tentando a la suerte, pero no podía dejar pasar esta oportunidad, algo le decía que estaba en lo cierto.
- Sí – comenzó a apretar los dientes para no dejar escapar palabras hirientes hacia alguien que apenas conocía pero que estaba sacándole de sus casillas.
- Ajá, así que te gustan los clásicos, ¿no?

Esta vez ni siquiera contestó, se limitó a ignorarla a ver si así conseguía librarse de ella de una vez por todas. Pero fue inútil, cada una velaba por sus intereses, y la misteriosa chica tenía un objetivo por cumplir del que no tenía la menor intención de desviarse. Y así, arremetió de nuevo:
- Pues quién lo diría… no sé, no tienes pinta de que te gusten los clásicos… Más bien pensaba que te atraía lo moderno… Como he visto el tatuaje que te asoma por la nuca… porque es un tatuaje, ¿verdad? ¿te importaría enseñármelo? Estaba pensando en hacerme uno similar…

Esas palabras hicieron que se tensara y ocultara el cuello con un movimiento rápido bajo las solapas de su camisa.
- Sí… no… bueno… - los nervios le hicieron titubear y su mente se quedó en blanco, sin saber qué decir.
- Chica, no sé ni cómo te llamas, pero algo me dice que tenemos en común más de lo que te puedas pensar. ¿Tienes prisa?

No sabía qué decir.¿Tenía prisa? Se sentía tan perdida y desorientada que no supo qué contestar. De pronto y sin poder evitarlo, notó cómo su cabeza oscilaba a derecha e izquierda como si tuviera vida propia contestando en su lugar.
- ¿No? Perfecto, pues entonces si te parece nos bajamos en la próxima parada y nos sentamos a tomar algo.
Como una autómata siguió los pasos de esa mujer que parecía tan segura de sí misma y de lo que se traía entre manos.

Cuando se encontró más tranquila y frente a una gran taza de café dijo:
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿qué es lo que supuestamente compartimos? No te conozco de nada, no te he visto en mi vida y tampoco creo que tengamos a nadie en común. Con todo esto, dime, ¿Qué quieres de mí?
- Tranquila, tranquila, no te pongas así. Tienes toda la razón, no te conozco de nada, no te he visto en mi vida ni tenemos amigos en común. En cambio…
- ¿En cambio qué? No entiendo nada, de verdad.
- Pues… sé que te va a costar creerlo pero hay algo que me dice que compartimos más de lo que puedas imaginar… Desde pequeña te has sentido diferente, ¿verdad? Nunca supiste por qué a ti ni cómo fue ¿me equivoco?

Los nervios volvieron a apropiarse de cada músculo de su cuerpo. Bajó la mirada sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Todo esto le parecía surrealista. Alguien que no conoce le empieza a hablar de su secreto mejor guardado. Había algo que no conseguía entender.
Al ver que todavía estaba paralizada ante la ingente cantidad de información que recibía, continuó hablando:
- Eso…eso que tienes en la espalda no es un tatuaje ¿me equivoco? Al menos no uno ordinario.
Silencio, eso es todo lo que obtuvo por respuesta.
- Digamos que es una marca de nacimiento, por llamarlo de alguna manera, ¿no?
Seguía sin soltar una sola palabra, pero esta vez al menos consiguió captar su atención.
- Mira- dijo mientras se ahuecaba la bufanda que cubría su elegante cuello de cisne.

No vio mas que un trozo de su nuca por la que se extendía una gran mancha azul. No necesitaba más; después de un cuarto de siglo con esa misma marca sería capaz de reconocerla en cualquier lado y bajo cualquier perspectiva.
No podía ser cierto.

-Sí, sé lo que puedes estar pensando en este momento. Sé que sentirás vértigo, confusión, una pizca de sorpresa, algo de miedo y mucha curiosidad, ¿me equivoco? – preguntó divertida.

No, no se equivocaba en lo más mínimo. Sentía todo lo que había dicho y como lo había dicho; había clavado cada palabra, cada descripción, cada sentimiento.
Seguía sin poder hablar, y le habría gustado poder decirle que se olvidó de algo, del gran alivio que recorrió sus venas en cuanto entendió lo que estaba ocurriendo.
Se impuso el silencio pero no importó.
Porque no estaba sola, porque no era un monstruo, porque no era rara, porque no era la única.
Porque este no era mas que el comienzo y tenía toda una vida para compartir con ella.
Porque por muy rara que pareciera había descubierto que en el momento menos esperado y en el lugar más recóndito, puedes encontrar a esa persona que parece conocerte y complementarte a la perfección.
Suspiró y sonrió. Supo que por fin había encontrado esa hermana confidente, esa amiga fiel, esa sonrisa perenne y ese apoyo incansable que todos en algún momento necesitamos.
Hoy le tocó a ella. Hoy no fue su alita la que le hizo sentirse especial…

Álbum de fotos

Octubre 25th, 2006

- ¿Por qué no te estás quieto de una vez?
- No puedo , no puedo. Es una oportunidad única! No puedo dejar pasarla así como así. Cuando las tenga en mi mano estas fotos valdrán millones, verás tú.

No pudo hacer nada más por convencerle. Durante todo el viaje igual. Pegado a su cámara haciendo fotos a diestro y siniestro. Edificios, estatuas y monumentos.

Una vez en casa, un grito cortó el silencio que dominaba las estancias.
-Noooo ! - una voz ronca y desesperada.
Inmediatamente ella dejó caer al suelo el libro que tenía entre sus manos y saltó como un resorte de la silla con sus latidos acelerados y un nudo en el estómago. ¿Qué le habría pasado?

Cuando llegó a la sala de revelado se lo encontró ahí, sentado en un rincón como un niño asustado. A sus pies había un montón de papel fotográfico pero no se podía ver nada en él.
- ¿Qué ocurre? ¿qué te ha pasado? - preguntó asustada.

Lentamente levantó la cabeza de entre sus manos y dirigió una apenada mirada a su mujer.
- Lo he perdido, he perdido todo!
- Pero.. ¿el qué? ¿a qué te refieres?
- Las fotos, el viaje…todo - dijo con tan solo un hilo de voz.
- ¿Qué ha pasado?
- No sé, no sé qué pudo ir mal. La cuestión es que lo he perdido todo - seguía lamentándose.

Por su cabeza se pasó el decirle que ya se lo advirtió, que eso le pasaba por su gran ambición y su avaricia. Que si al menos hubiera prestado más atención podría haber disfrutado del viaje; y un largo etcétera de situaciones y reprimendas que le cruzaban fugazmente por la cabeza.
En cambio lo que hizo fue acurrucarse junto a él y mientras le abrazaba maternalmente le susurró al oído:

- Nada puedo hacer por esas fotos. Ojala pudiera poner remedio para devolverte la sonrisa. Pero sí puedo enseñarte las “fotos” que yo tengo de ese viaje. Cierra los ojos - le imperó.

De manera obediente y sumisa él se dejó hacer. Se deshizo en el regazo de su esposa, cerró los ojos y mientras ella acariciaba su pelo comenzó a hablar:

- ¿Recuerdas la plaza donde encontraste aquella estatua ecuestre datada en el s.XIX? Bien, estoy segura de que te quedaste con el más mínimo detalle. En cambio, yo escogí otra imagen para que formara parte de mi álbum particular. En esa misma plaza, en ese mismo instante, había un niño jugando con una cometa de colores y , sinceramente, no sabría decirte qué emitía más colores, si la cometa o la mirada del pequeño.

¿Y aquel puente romano? Te acuerdas de ese puente ¿verdad? Si te asomabas ligeramente podías sentir la presión de las piedras en el abdomen y la cálida brisa en la cara. Ahí abajo, creyéndose ocultos bajo las ramas del sauce había una pareja abrazada viendo pasar el tiempo dedicándose las más tiernas caricias.

Y el castillo…¿qué me dices del castillo? Majestuoso y elegante. Tú tendiste a fotografiar las torres más altas, las que más imponían. Pero yo me quedé con lo que había a ras del suelo. Pequeñas flores blancas, lilas y amarillas luchaban por hacerse un hueco. Parecían burlar a la piedra asomándose entre sus grietas y decorando así su fría y cenicienta “piel” .

Notó cómo comenzaba a sonreír, sus historias empezaban a hacer efecto. Ella continuó contándole lo que sus ojos vieron; y es que a pesar de no llevar cámara en ristre, guardó uno de los mejores álbumes de su vida con instantáneas a todo color.
Y es que su vida estaba compuesta de imágenes que no tendría en papel, pero que atesoraba en el rincón más preciado de su memoria.

(PD: que ninguna persona que guste de atesorar fotos se sienta ofendida, yo también lo hago, pero eso no quita para que pueda llegar a convertirse en obsesión, como cualquier otra cosa en esta vida, y ahí es donde comienza el problema)

Según como se mire

Octubre 24th, 2006

Recuerdo cómo me acompañaba cuando era pequeña. Con él tenía la sensación de que me podía comer el mundo. No había prisas, podía hacer todo lo que se me pasara por mi efervescente cabecita.
Él me hacía que mis horas más felices se paran casi sin darme cuenta, y en cambio los momentos más tediosos se alargaban infinitamente, pero nunca me abandonaba.

Al ir creciendo poco a poco se fue alejando de mí. Se me escurría entre los dedos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Muchas son las veces que he suplicado por él, por su compañía. De manera incansable he acusado su ausencia preguntándome dónde se habría metido y por qué no me acompañaba de la misma manera que cuando era cría.

Con los años he ido aprendiendo que es tremendamente camaleónico y plástico. No es igual para un niño que para un adulto.
Disfruta escondiéndose, escuchando súplicas y ruegos en bocas de todos solicitando su presencia.

Pero a él le gusta jugar. A él le gusta hacerse de rogar. A él le encanta deslizarse sigilosamente entre los dedos de todos y cada uno de nosotros.

Le añoramos pero no nos abandona.
Necesitamos su presencia pero no somos conscientes de hasta qué punto nos acompaña.
Le llamamos a gritos sin percatarnos de que siempre está a nuestro lado.

Al fin y al cabo nuestra vida depende de él.
Al fin y al cabo compone nuestros días.
En definitiva, no somos mas que tiempo.

(Últimamente me desgañito gritando por él , pero parece hacer oídos sordos. Momentáneamente dejaré en suspense “La fotografía” para continuar escribiendo pequeñas cosas que se me pasen por la cabecita – la percepción del tiempo me ha cambiado, pero la efervescencia de mi cabeza no :P - Seguiré escribiéndola, lo prometo; y cuando tenga algo publicaré, pero hoy por hoy siento la necesidad de escribir de manera espontánea; lo que se me ocurra y me apetezca. Dejaré lo planificado para más adelante :) Besitos )

La fotografía (II)

Octubre 21st, 2006

Pasó la noche en los pasillos del hospital. Parece algo ridículo, ella era consciente, pero si se iba de ahí significaba asumir de una vez por todas que Pablo no volvería. Trataba de engañarse, sin duda, y en esos momentos poco le importaba.
No estaba sola. Echando una mirada alrededor vio muchas caras preocupadas y demacradas por los regueros de lágrimas que surcaban sus mejillas.
Sólo había una cosa que los diferenciaba, y es que para ellos aún había esperanza.

Llegó un momento en el que perdió la noción del tiempo. Nunca llevaba reloj porque siempre lo había considerado un símbolo de esclavitud más. Desde pequeña había visto que los mayores antes de salir corriendo a todos lados lo último que hacían era dirigir la mirada a ese cacharro que les esposaba las muñecas. Entonces se había jurado que, en la medida de lo posible, trataría de crecer sin el “aparato que mide el tiempo”, como le gustaba llamarlo.

No sabía qué hora era, pero sí notó como poco a poco el hospital comenzaba a desperezarse. Los empleados comenzaban a proliferar y a llenar el ambiente de cierto aire de urgencia que durante la noche había pasado completamente desapercibido. También pudo ver cómo los familiares empezaban a hacer acto de presencia. Durante la noche se crean turnos y guardias; ahora venía el relevo, duchado y aparentemente relajado, dispuesto a continuar con la paciente espera mientras el guardián nocturno puede ir a su casa para disfrutar de un momento de relax.
Otras familias no presentaban la misma armonía o tranquilidad en sus rostros. Podría pensarse que los primeros eran más fríos, que por el hecho de estar más tranquilos indicaba menos preocupación por la persona a la que aguardaban. También cabría pensar que su familiar, amigo o conocido no se encontraba tan crítico como para tener gesto grave y preocupado. Pero Esther prefirió pensar que la diferencia la impone el tiempo, que con el tiempo puedes sentirte mejor y comenzar a vivir.
En otro momento se habría dirigido a ellos para preguntar, para saciar su curiosidad, pero no fue capaz de reunir la fuerza suficiente, y tampoco estaba segura de querer saber la respuesta; prefería hacerse su propia idea, seguro que le ayudaba más.

En esas calibraciones estaba cuando vio por el largo pasillo que se acercaba con paso firme y vigoroso una mujer alta y delgada. Su rostro quedaba enmarcado por una melena roja como el fuego que le caía graciosamente encima de los ojos ocultando una mirada felina y desafiante.

-Hola Mar – dijo cuando llegó a su altura.
-Buenas Esther.

Se quedó de pie, frente a ella sin decir nada más. Sólo la miraba, no trató de abrazarla ni consolarla como habría sido de esperar en esos momentos. Permanecía con las manos en los bolsillos de su gabardina y con la mirada fija en la nuca de Esther.

-No puedes seguir así. Sé que ha sido duro, que no es algo fácil de asumir, pero se acabó Esther, no puedes hacer nada por que Pablo vuelva- dijo con tono seco.
-¿A qué has venido? ¿ me podrías decir a qué coño has venido!? – sus castaños ojos irradiaban rabia y odio. Los labios apretados también denotaban cómo se sentía, así como la fuerza con la que sus manos oprimían la bolsa de Pablo que todavía sostenía en su regazo– Lárgate, déjame en paz! Si has venido a ver cómo me hundo en la miseria ya puedes irte por donde has venido – dijo alzando la voz.

La tensión podía mascarse en el ambiente. Todos los que se encontraban en la sala estaban desconcertados, dirigiéndose miradas unos a otros buscando una respuesta. No sabían quién estaría más loca, si la mujer que se encontraba sentada y desaliñada aferrada a una bolsa de papel, o la que se mantenía indiferente y con aires de suficiencia frente a ella. Fuera como fuese no era ni el lugar ni el momento de presenciar una pelea entre mujeres.
-Apuesto a que una es la mujer y otra es la amante- se llegó a escuchar de entre la multitud.
– Cállese! – le amonestó otra persona que se encontraba presenciando la situación.

Para evitar que fuese a mayores, para evitar escándalos y futuras reclamaciones de pacientes y familiares, uno de los celadores que se encontraban por ahí cerca acudió donde se encontraban las dos mujeres.

-¿Qué es lo que ocurre aquí?
-Nada, no se preocupe, la señorita ya se iba- contestó Esther manteniendo la mirada a la joven pelirroja.

Con una sarcástica sonrisa esbozada en su rostro contestó :
-Sí, yo ya me iba. Sólo vine a ver cómo se encontraba mi amiga, ¿verdad Esther?- y en ese instante sacó la mano derecha del bolsillo y la alargó hasta rozarle la mejilla.
-Vete ya y no vuelvas nunca más; ¿me has oído, Mar? – dijo entre dientes mientras retiraba su cara con un movimiento brusco esquivando así la mano que se tendía hacia ella.
-Sabes de sobra que eso no podrá ser.

Y con las mismas se giró en un solo movimiento y encaminó sus pasos por donde hacía unos minutos había venido. Con la mirada alta y el cuello estirado camino por el pasillo que pacientes, familiares y empleados le hicieron. Había miradas sorprendidas, otras enojadas y muchas embobadas por la belleza y elegancia que destilaba. En ese momento parecía una auténtica gata que salió vencedora del primer combate con su adversaria.

- ¿Está usted bien?- le preguntó el celador a Esther cuando por fin la estela que dejó Mar con su presencia se había evaporado.
- Sí, descuide- volvió a abrir la bolsa, sacó el sobre que iba a su nombre y se levantó para dirigirse a la salida.

Mientras caminaba por los pasillos le hervía la sangre. ¿Quién le habría mandado venir aquí? ¿cómo demonios se habría enterado? ¿no había tenido suficiente con hacerle la vida imposible sino que también en la muerte tenía que acompañarla? Lo tenía claro, por una vez en su vida no dejaría que la pisara.
No, esta vez no.

Salió por la puerta principal y cogió un taxi. Lo primero ir a por su coche, estaba segura de que se lo habría llevado la grúa a juzgar por cómo lo había dejado tirado en la puerta de urgencias.
Después iría a ver a Gloria; tenía que decírselo. Seguro que no sabría nada de lo que había pasado; y seguro que ella podía decirle algo de esa foto…

La fotografía

Octubre 18th, 2006

No podía creer lo que estaba escuchando. Un escalofrío recorrió su cuerpo y el teléfono cayó de sus manos impactando fuertemente contra el suelo.
No era posible, no podía estar pasándole a ella. Hacía tan sólo diez minutos estaba despidiéndola agitando alegremente la mano y con una gran sonrisa, como cada día. ¿Cómo podría suceder algo así? No, no es posible, a él no .

Cuando por fin consiguió reaccionar corrió directa al coche y se dirigió al hospital donde le dijeron que podría encontrarle.
Mientras conducía le vinieron a la memoria recuerdos sin orden ni concierto pero con un denominador común, en todos ellos aparecía él.
Recordó las veces que le hizo reír, pero sobre todo recordó esos momentos en los que se enfadaban. Ahora no podía evitar lamentarse, y es que si en esos momentos hubiera sabido que el tiempo es tan corto y que la vida da tantos reveses, quizá no habría sido igual…No habría merecido la pena discutir por qué película ver, tampoco estar casi una semana sin hablarse porque no le acompañó a la cena familiar que cada año organizaba su madre, y mucho menos habría dejado que saliera durante más de tres meses de su vida por tan sólo un ataque de celos infundados.
Mientras tanto, esquivaba coches y peatones, se saltaba semáforos y tocaba con insistencia el claxon intentando así acabar con la agonía que le estaba suponiendo estos minutos.

Por fin llegó. Por primera vez en mucho tiempo no le importó dónde aparcar. Le dio igual que le multasen, que le rayaran el coche o que pudieran chocarse con él. En cuanto llegó a la puerta del hospital no pudo mas que tirar del freno de mano y salir corriendo hasta el punto de no se darse cuenta de que lo dejaba completamente abierto.
Lo cierto es que no sabía muy bien a quién dirigirse, aún todo esto no le parecía mas que un sueño, un mal sueño del que querría despertar; pero algo en su interior le decía que eso se quedaría en deseo y que tendría que afrontar la realidad.
Cuando por fin focalizó su mirada y encontró el mostrador de recepción, se abalanzó sobre él repitiendo una y otra vez su nombre.

- Pablo Nieto! Pablo Nieto! ¿Sabe algo de Pablo Nieto?
- Señora, cálmese por favor; sé que no es fácil, que ahora mismo para usted lo que le estoy pidiendo es un imposible, pero si sigue así tampoco podré ayudarla - le dijo la joven que se encontraba al otro lado del mostrador.

Cogiendo aire de nuevo y tratando de controlar sus nervios le dijo:
- Discúlpeme. Mi nombre es Esther Collado. Me han llamado hace unas horas diciendo que Pablo Nieto ha sido ingresado de urgencias. No tengo más datos, no sé cómo está, no sé qué le ha pasado… estoy desesperada, necesito saber algo de él! – dijo mientras retorcía entre sus manos el medallón que le colgaba del cuello, regalo que le hizo Pablo hace exactamente una semana, cuando por fin se decidió a pedirla que se casara con él.
- Muy bien Esther, no te preocupes, ahora mismo me encargo. Deja que eche un vistazo al registro, ¿vale? Mmm… Sí, aquí está, Pablo Nieto. Si no me equivoco le han llevado a la Uvi , Esther. Mira, lo mejor será que te sientes un segundo, sólo te pediré un segundo y le digo al doctor que venga a hablar contigo,¿de acuerdo?
- No hay otra opción ¿no? - contestó con un hilo de voz apenas audible.

Sabiendo que no podía hacer otra cosa que esperar, que montar un numerito en el recibidor no le serviría de nada, se dirigió a los asientos. Eran de plástico y de un color naranja chillón que incitaba a todo menos a conservar la calma.
Hacía dos meses que había dejado de fumar y como no, fue gracias a él.
Desde que lo conoció había revolucionado su vida. Por él volvió a sonreír, por él aprendió a disfrutar y valorar las pequeñas cosas, por el se podría decir que aprendió a vivir.
Aquí y ahora, en la fría sala del hospital ardía en deseos de volver a sostener un cigarrillo entre sus labios. En el momento en que se disponía a salir para comprar tabaco y fumarse un pitillo, casi como una providencia, escuchó que alguien pronunciaba su nombre.
De inmediato giró sobre sus propios pasos y ahí estaba el doctor vestido con esa bata verde que tan poco le gustaba.

- Esther Collado, ¿es usted Esther Collado?
- Sí doctor, soy yo. Por favor, dígame ¿cómo se encuentra Pablo? – suplicó aguantando las lágrimas.
- Lo siento.

No hizo falta más, con dos sencillas palabras a Esther se le cayó el mundo a los pies. De pronto sintió cómo sus piernas cedían ante el peso de su cuerpo. Rápidamente el doctor la sujetó al vuelo impidiendo que se desplomara por culpa de su dolor.
¿Qué iba a hacer ahora? Tenía toda una vida por delante, una vida junto a Pablo; pero ahora… ahora, en menos de 24 horas todo había cambiado.
Ya no habría boda, ya no haría falta la hipoteca con la que pagar el piso, ya no conocería a esos niños con los que tantas veces habían soñado, a los que tantas veces habían puesto cara rifándose los rasgos que tendrían de cada uno de ellos.
Ahora todo eso no importaba; ahora todo eso acabó. Así es la vida, frágil y delicada como una pompa de jabón.

Pasaron las horas y no sabía qué hacer; no sabía dónde ir, ni siquiera estaba segura de querer moverse; pensaba que quizá, si se quedaba quieta casi sin respirar terminaría despertándose de lo que no era más que una de sus peores pesadillas.
Pero no tuvo más remedio que volver a la realidad cuando un celador se acercó a ella con paso lento y pesado para entregarle una bolsa con las pertenencias de Pablo.

Cuando la tuvo entre sus manos la abrió despacio, casi con temor. Era lo último que había tenido contacto con él, con su cálida piel.
Encontró rasgada su vieja cazadora, en su cartera vio la primera foto que se hicieron juntos. Estaba harta de decirle que la cambiase, pero él insistía en que quería conservarla siempre, que le ayudaba a recordar lo que le costó por fin que se fijara en él y que cuando tuviera los peores momentos, cuando quisiera tirar la toalla, sólo con mirarla podría coger fuerzas para seguir luchando por lo que quería, por lo que un día tanto le costó conseguir.
Entre sus manos sostuvo la cadena que siempre llevaba al cuello. Era eso que llaman “joya de familia”. Su madre se la dio cuando ocurrió el accidente de su padre.
El accidente de su padre. La historia tristemente se repetía.

En el fondo de la bolsa encontró un sobre en el que se podía leer en letra clara y elegante “Esther”.

Las manos le empezaron a temblar. Ya no estaba con ella ni nuca podría volver a estarlo, pero en cambio aún tenía algo que contarla, aún tenía palabras para ella.
Emocionada y sin poder dejar de llorar abrió el sobre. En contra de lo que se podría esperar, no fue una carta lo que encontró sino una vieja fotografía.
Con curiosidad la escrutó pero no conocía a ninguna de las personas que en ella aparecían.

Eran dos mujeres y una niña. La fotografía debía de contar con al menos cincuenta años de antigüedad. Ni una fecha, ni una firma, ni una palabra. Sólo la fotografía.
- ¿Quiénes serán estas personas? ¿qué querría contarme con esto? El sobre está a mi nombre, así que no sé qué, pero algo querría contarme, algo querría decirme con esta fotografía, pero… ¿qué?

En ese momento no podía pensar, la tristeza pesaba demasiado como para jugar a detectives en ese momento, pero algo en su interior se removía y le decía que debía averiguar quiénes eran esas personas…

(Porque no todos los relatos han de ser del color de rosas. Porque no todos han de tener un final inmediato. Porque siempre puede haber una continuación.)

Dedicado con mucho cariño para una persona que siempre tiene los ojos abiertos y se queda con las mejores instantáneas de cada momento de su vida. Por aguantarme, por animarme y por confiar en mí más que una misma.

Nueva Vida, Nuevo Mundo

Octubre 15th, 2006

- Bamshya. ¿Qué clase de nombre es ese? - el oficial que se encontraba tras el mostrador le dirigió una mirada inquisitiva a la joven que estaba al otro lado.

- Significa ” brisa que corre entre las ramas de bambú” - dijo sin mirarle a los ojos.

De nuevo el joven desvió la mirada de sus documentos para escrudiñarle con sus pequeños ojos de topo a medida que su nerviosismo crecía al ver cómo permanecía impasible frente a él.

La verdad es que el nombre era bastante apropiado. Tendría no más de 20 años. Su estatura y delgadez efectivamente recordaban a las conocidas ramas de bambú. Su calma aparente empezó a verse alterada y comenzó a descansar todo su peso en uno y otro pie alternativamente. Pero seguía sin alzar la mirada.

- Mírame cuando te hable Bam…como te llames!

Lentamente acató la orden. De donde provenía le habían educado así. No era mas que una mujer, y como tal su misión era obedecer a los hombres y contentar a su marido cuando llegase a casa después de una larga y dura jornada laboral.
- Bamshya, me llamo Bamshya - le repitó sin mostrar mucho más interés.

Parecía mentira que existiera tanta belleza. Al levantar su rostro se descubrieron unos enormes ojos almendrados.
El guardia no pudo disimular su sorpresa, esperaba unos ojos rasgados propios de la nacionalidad de la que hacía alarde en su pasaporte. En cambio podría jurar que eran los ojos más grandes y más hermosos con los que se había cruzado nunca, y eso, estando ocho horas diarias de cara al público, era mucho decir.

Para Bamshya no pasó desapercibido. Estaba acostumbrada a que la gente reaccionara así, de manera que cuando llegaba el momento a ella le divertía ver las caras que cada persona devolvía. Le gustaba comprobar cómo una misma reacción podía ser expresada de tan diferentes maneras. Y es que el ser humano era tan complejo! Por eso había llegado a donde estaba ahora; por eso había arriesgado su vida. Ahora acariciaba con la punta de sus dedos el sueño que desde cría la acompañó.

De pronto recordó a su abuela. Recordó aquellas noches en las que acudía a arroparla mientras mamá estaba fuera de casa. Siempre preguntaba por ella, y la abuela evadía la pregunta con un sencillo ” cuando seas mayor te lo explicaré”.

Creo que con los años se llega a olvidar. Con los años olvidas que cuando eres crío también tienes problemas, tienes miedos, inseguridades, preguntas, y molestias; por ejemplo esa frase hecha, esa maldita frase hecha que tantas veces sirvió a nuestros padres para no contestar a lo que se les preguntaba.
Y sí; creció, se hizo mayor y supo en qué consistía esa ajetreada “vida social” nocturna, y ahora se preguntaba si en verdad le habría gustado saberlo en su momento o quizá habría preferido no saberlo nunca.
Sí, su abuela había ocupado el espacio que su madre jamás se molestó en ocupar. No supo lo que era el amor de una madre, pero sí descubrió el que puede llegar a dar una abuela, que te trata como hija y como nieta; que con los años adquiere experiencia y puede regalarte los mejores de los consejos.
Cada noche le daba uno diferente. A otras niñas sus papás les leían cuentos antes de dormir, a ella su abuela le regalaba consejos.

Una noche le dijo que ser mujer no significaba ser esclava. Le contó que nadie tendría derecho de decidir por ella, y que si tenía algún sueño, debía perseguirlo costara lo que costara.

Y pasaron los años y sus sueños se comenzaron a fraguar. No eran muy diferentes a los de una muchacha de su misma edad… siempre y cuando se hubiese tratado de otro país…
Sólo quería estudiar, aprender, investigar, indagar sobre el hombre y sus capacidades, sus acciones y sus reacciones. Quería viajar, quería leer, quería conocer a esa persona con la que compartir la vida, con la que compartir secretos, proyectos, alegrías y tristezas. Pero ante todo no quería un amo y señor, sino un compañero leal.

Un día se le ocurrió compartir este secreto con su querida abuela. Inmediatamente vio cómo su mirada desprendía un brillo diferente y una sonrisa enmarcó unos perfectos dientes nacarados.
No recordaba antes a su abuela así. Era como si un torrente de energía hubiera hubiera sacudido su cuerpo.

“-Hija, no sabes el tiempo que llevo esperando estas palabras! Un día te dije que nadie ha de decidir por ti, que has de ser tú quien guíe tus pasos y encuentre su camino. Corre! corre! huye! Sal de esta ratonera en la que nos ha tocado nacer! A mí se me hizo tarde, mi padre me casó cuanto tan sólo contaba con trece años. Tú aún eres libre.
Desde el momento en que te vi supe que tenías una fuerza especial, sabía que tú serías la prolongación de mis sueños. Por eso desde tu primer día de vida fui ahorrando un poco de dinero sin que tu abuelo lo supiera.
Ahora es tuyo. Ve a España, no será una tierra extraña para ti con todas las historias que te he contado sobre ella, sobre tus bisabuelos.
Se mis ojos, mis oídos, mis manos. Se mi testigo, ahora han cambiado las tornas; ahora te tocará a ti ser la persona que le cuente historias a esta pobre vieja.
Nunca olvidaría esas palabras, y mucho menos el abrazo que a continuación las unió de una manera realmente especial.”

- Señorita Bam… es igual! Señorita! ¿me está usted escuchando? - El oficial parecía enfadado, y es que había perdido la noción del tiempo recordando la última vez que vio a su abuela.
- Sí, sí, usted perdone, no sé lo que me ha pasado.
- Pues más te vale que de ahora en adelante presetes más atención. No sé en tu país, pero aquí las cosas se hacen con celeridad, así que ya puedes ir espabilando jovencita si no quieres que te pisoteen. - masculló enfadado mientras pensaba que esto le haría perder diez valiosos minutos de su tiempo y que hoy llegaría tarde a casa, donde… donde nadie le esperaba, lo que le enfadó más todavía.
-Sí, descuide usted caballero- respondió alargando la mano para recoger su documentación y poder salir cuanto antes de ahí.

- “Bamshya, brisa que corre entre las ramas de bambú. La verdad es que no podría llevar un nombre más acertado. Estilizada como el bambú, suave como la brisa, elegante en sus movimientos como las ramas en su vaivén.. suerte pequeña, suerte!” - y tras estos pensamientos el oficial volvió a su puesto de trabajo con una leve sonrisa en los labios.

Mientras, Bamshya se deslizaba casi sin rozar el suelo. Sus movimientos parecían un continuo baile; con cada paso atraía las miradas de los viandantes. Su delicadeza, su belleza, su elegancia, su energía y sobre todo esa hermosa sonrisa.

- Aquí estoy abuela, por fin aquí! Ya estoy un paso más cerca de mi sueño, nuestro sueño. Seré tus ojos, tus oídos, tus manos. Siempre seré tú porque tú estarás siempre en mí - murmuró mientras alzaba la vista al cielo desde donde ella la vigilaba y protegía, estaba segura de ello.

Protección

Octubre 13th, 2006

Ahora que viene el frío, a todos nos gusta tener un lugar donde resguardarnos

Buen fin de semana.

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