Castigo
Lo que parecía ser un castigo, terminó siendo una lección.
La tarea era escribir la misma palabra cien veces, tal y como hacíamos en el cole.
Por un momento pensé que iba en broma, que no podía estar haciéndome algo así en uno de esos días catastróficos en los que todo te sale mal, o al menos así te lo parece.
Pero no, no parecía bromear… Ahí seguía, frente a mí sosteniendo lápiz y papel (jamás usa boli, dice que siempre se ha de dejar las puertas abiertas a la corrección de errores sin dejar un borrón que permita recordarlo; para él es una filosofía de vida).
Cuando por fin comprendí que no cejaría en su empeño cogí el material, lancé un suspiro de resignación para que tuviese claro que lo hacía para que me dejara en paz y no porque lo creyese necesario, y comencé la tarea más ridícula que se me había encomendado en muchos años.
Y comencé a escribir. Y sólo cuando llevaba un buen rato por fin comprendí todo… Como bien dije, no era un castigo, era una lección.
Me enseñó que pasara lo que pasara siempre había un hueco para una sonrisa. Que por muy mal que vaya el día siempre puede haber alguien que te robe una sonrisa, sólo hay que dejarse, ceder un poco y abrir esas puertas donde hay gente esperando con el deseo de hacerte un poco más feliz.
Sí, lo logró. Lo que parecía un imposible se hizo realidad.
Y mientras terminaba mi castigo infantil no podía dejar de sonreir.
Al terminar me acerqué sigilosamente hasta donde se encontraba. Dormía en su sillón con el libro abierto sobre su pecho. Despacio colé mi trabajo finalizado entre sus hojas, estaba segura de que el día que lo viera también tendría efecto sobre él y su estado de ánimo.
Una vez que le di la espalda, cuando escapaba orgullosa de mi hazaña, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Sin necesidad de decir nada comprendió que había logrado lo que se propuso.

